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Pánico

«La angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada» (Heidegger)

Por: Julián H. Ramírez Urrea, MD, MSc. Médico internista, Hospital Universitario San Vicente Fundación. Jefe del Departamento de Medicina Interna, Universidad de Antioquia.
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Cuando entré a su habitación no paraba de saludarme y hablar. Hablaba de su soledad, de lo encerrado que se sentía entre cuatro paredes y de la falta de aire, no de oxígeno, sino del aire que se produce en la calle cuando caminas, cuando recorres las calles de tu barrio, cuando ves los rostros cotidianos de la gente que te sonríe y te saluda.

Me contaba del hijo con el que vivía y con quien su relación había cambiado drásticamente por la cuarentena. A pesar de vivir bajo el mismo techo ya casi ni se dirigían la palabra porque a su hijo la rutina del teletrabajo lo había absorbido por completo. Si antes hablaban al menos en la tarde cuando regresaba de su trabajo, ahora era prácticamente imposible porque se habían copado todos los espacios de conversación. Se sentía solo a pesar de tener compañía física en su casa.

Había consultado porque durante las noches le faltaba el aire y se levantaba con asfixia. Al principio, cuando lo atendimos por urgencias, pensábamos que tenía una enfermedad cardíaca y solicitamos los exámenes correspondientes. Luego nos dimos cuenta de que lo que nuestro paciente tenía era pánico: el miedo que muchas veces hemos vuelto invisible con nuestras “ayudas diagnósticas”, el pánico que hemos convertido en enfermedad y al que, contradictoriamente, no se le ha acuñado un término médico suficientemente preciso para describirlo.

Al final, vimos que su presión arterial no estaba controlada, no por la falta de medicamentos ni de asistencia a sus controles médicos: era el pánico el que lo aprisionaba, el que lo hacía sentir esclavo en su propia casa, aquello para lo que no habíamos atinado a tener un remedio. Pero una esperanza surgió, descubrió que el conversar con los médicos que le habían dedicado al menos unos minutos más de su tiempo aliviaba su pena, y notó que la compañía de un otro que no solo estuviera ahí, sino que le escuchara, le hacía mucho bien.

El pánico nos lleva a huir pero, ¿qué hacer cuando no tenemos adónde ir? Nos aislamos en el interior del corazón y las sombras que allí habitan pueden cambiar de tamaño, haciéndose más grandes y acrecentando la angustia. Al comprender esto el paciente vio la necesidad de establecer nuevas conexiones con la vida y, quizá, dedicar más tiempo para hablar y compartir con sus seres queridos (así fuera solo virtualmente). No solo el cuerpo necesita oxígeno para vivir, también el corazón necesita quien lo escuche para seguir latiendo.


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